Mercurio Editorial

El libro, el valor de la eternidad

  


 

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Sangre vieja

Sangre vieja

Jonathan Andrew P. Hernández [prólogo: Jesús Palacios]. Narrativa. 1 Edición. 2016. cartoné. 15x21 cm. 310 p. ISBN: 978-84-944972-7-8

El más antiguo de los sueños humanos es, sin duda alguna, el de la inmortalidad. El miedo que todos sentimos, seamos religiosos o no, a la muerte, es posiblemente la única experiencia real en sentido absoluto que comparte la humanidad entera. Más allá del amor y del odio, del miedo y el placer, y a pesar de las excepciones suicidas que confirman la regla, el temor a perder nuestra identidad definitiva e irrevocablemente, es algo con lo que paradójicamente tenemos que vivir desde el primer instante de consciencia. Ese momento en que el animal humano se convierte en algo más que animal pero menos que dios: un mortal con capacidad para saber que lo es. El único ser de la creación, al menos que sepamos, que conoce su fecha de caducidad (aproximada).
Precisamente por ello, por ese conocimiento que es maldición y bendición mortal al tiempo, hemos soñado también el sueño imposible (¿imposible?) de la vida eterna. De la inmortalidad o, al menos, de la conquista de una longevidad que se le parece y a la que solo han tenido acceso los profetas bíblicos y los mitos clásicos. La razón nos dice que esta inmortalidad o perdurabilidad a medida del consumidor –que evita así consumirse merced a la segunda ley de la termodinámica, burlada por un demonio digno de Maxwell-, no es ni posible ni tampoco deseable. Pero cuando la razón duerme, los monstruos salen a pasear, y las dudas y angustias de esta eterna disyuntiva -¿mortal o inmortal?- se encarnan en creaciones y personajes de pesadilla. En monstruos del inconsciente que reflejan nuestros miedos, pero también nuestros deseos. Porque el deseo íntimo de todo ser humano es perdurar en el tiempo… Pero no –al menos no solo- como alma inmortal. Como espíritu desencarnado, bendecido por los cielos del cristianismo, el Islam o cualquier otro credo escatológico, sino como carne. Carne y mente humanas, con memoria y recuerdos, sentidos y deseos, en definitiva: con identidad. Una parte de nosotros, iluminada por las luces de la Ilustración, nos advierte de la necedad de este anhelo: ¿qué haremos siendo inmortales cuando todo lo demás muera a nuestro alrededor? ¿Nos bastará la inmortalidad o querremos ser también eternamente jóvenes? ¿Qué tristezas impensables nos aguardan al ver marchitarse a nuestros hijos, esposas, amigos y amantes, mientras nosotros gozamos de una lozanía inagotable? ¿Y si sufrimos algún accidente o enfermedad que nos deja postrados, tullidos, impedidos… pero aún eternos? ¿Habremos también de exigir la invulnerabilidad de un Sigfrido o un Aquiles, sin talón ni hoja de tilo? ¿Qué clase de absurdo es este al que nos lleva el deseo de una inmortalidad agotadora y agotada en su propia espiral de interminables dudas, demandas y preguntas sin respuesta? No, amigos, no, nos dice un Pepito Grillo de fábula ilustrada, vivamos el presente, disfrutemos el momento, hagamos eterno cada segundo de felicidad y no deseemos romper el transcurso natural de la existencia, bien sea dictado por un Dios implacable y compasivo, bien por una Naturaleza inmutable e inasequible a nuestro logos. Pero, entonces, una gigantesca araña mefistofélica atrapa al sabio grillo en su tupida red de miedos, angustias, deseos y soberbia, y responde: ¡Cómo! ¿Abandonar la única vida que conocemos, más allá y más acá de fábulas religiosas concebidas para engañar al vulgo? ¿Olvidarnos de nosotros mismos en pos de algún nirvana, extranjero y extraño a nuestros gustos de viejos occidentales fáusticos, renunciando a la identidad individual para fundirnos como el queso con un Todo infinito e impersonal? ¡Ni hablar! La ciencia, que avanza una barbaridad, nos dará algún día la respuesta. Ya vivimos mucho más que nuestros abuelos y bisabuelos. Hemos vencido a cientos de enfermedades, virus y bacterias. Nos recomponemos y auto-reparamos (“ellos lo arreglan todo”, dice Robocop al final de la película de Verhoeven)… ¿Acaso no es esto índice de que estamos en el buen camino? El camino de y hacia la inmortalidad, que hoy defienden y tratan de cartografiar científicos, teóricos y técnicos, expertos en cibernética, clonación, biología, neurología o Inteligencia Artificial, que a veces, en su frenesí transhumanista, se olvidan precisamente de eso: de ser humanos.
También existe una tercera vía: pactar con el Diablo. No en vano el hombre científico es también el hombre fáustico de Spengler, cada vez más cerca de tomar las riendas del poder en nuestro mundo mortal, al borde de la extinción total. Si Dios solo nos ofrece una dulzona recompensa de eterna e inefable felicidad, contemplando Su rostro y sentados (figuradamente) a Su lado, el Diablo, a cambio, nos promete perpetuar aquello que nos hace ser y sentir vivos: la risa, las lágrimas, el placer del orgasmo, un buen vino –añejo, por supuesto-, alguna guerra, viajes, amores, riqueza, sabiduría, la montaña rusa de la vida… Bueno, quizá a cambio exija nuestra alma. Pero, ¿alguno de ustedes, místicos y alucinados aparte, ha visto alguna vez su alma? ¿Sabría, por favor, describírmela en detalle? Entonces, preferimos ser vampiros inmortales (o no-muertos, que quizá sea otra cosa, pero se parece mucho). Literalmente, desalmadas criaturas de la oscuridad, protagonistas de innumerables historias de horror y deseo que se pierden en la noche de los tiempos, llegando hasta nuestros días para hincar sus dientes en el inconsciente colectivo, viviendo a costa de la sangre de los sueños.
Por increíble que parezca, estas tres formas –y algunas más que me dejo en el tintero- de enfrentar el deseo y el miedo a la inmortalidad son las protagonistas, metafóricamente hablando, de la nueva novela de Jonathan Allen, Sangre vieja. De un lado, la admonición ética: ¿vale la pena ser inmortal, aún en el caso de que lo consigamos? De otro, la especulación científica: la inmortalidad es real, materializada físicamente en la sangre, substancia orgánica que la contiene y trafica con ella, y cuyo secreto perfectamente racional será descubierto algún día… O lo fue hace mucho, como bien saben los personajes de la novela. Finalmente, el pacto: se trate de algo científicamente cognoscible y realizable, o sea producto de místicos conocimientos y poderes sobrenaturales, el secreto de la inmortalidad tiene uno o varios precios, que se pagan tarde o temprano. Sin embargo, el gran acierto de Allen en su extraña fábula de criaturas inmortales en busca de redención, que conviven con nosotros –y que a veces se alimentan también de nosotros como vampiros… o se convierten en ángeles guardianes de nuestras frágiles almas invisibles- es evitar todos los tópicos y fáciles recursos que las historias de este tipo han gastado y desgastado a lo largo de los siglos. No hay respuestas fáciles –ni, por cierto, difíciles- aquí, el misterio sigue siendo eso: Misterio, al concluir la fascinante lectura de una odisea que evade clasificaciones genéricas, introduciendo lo maravilloso y lo fantástico en medio de la contemporaneidad más cotidiana hasta llegar a la especulación futurista, teñida de irónico utopismo. Literatura fantástica en su más pura acepción, “Sangre vieja” abunda en la rareza, exquisitez y originalidad que los seguidores de su autor conocen bien por obras anteriores como “Julia y la guillotina” o, sobre todo, “El sueño de Praga”, con la que guarda cierta relación, no solo de fascinación histórica y geográfica por la rodolfina capital de la magia y el esoterismo, sino por su peculiar y singular uso de los mecanismos de la narración tradicional, para romperlos, fracturarlos y diseminarlos en una nebulosa que traza formas en el espacio imaginario de la mente del lector, sin llegar a definirse nunca del todo, desafiando su ansia de certezas y mensajes.
Novela de vampiros sin vampiros, su recurso epistolar rinde homenaje al “Drácula” de Stoker, sin caer nunca en la imitación. Punteada por momentos de erotismo arrebatado, que despiertan una involuntaria sonrisa húmeda y vertical en el lector, nunca llega tampoco la sangre al rio, aunque su corriente deja exhausta nuestra libido. Flashbacks casi cinematográficos nos arrastran por los siglos, insinuando novelas de aventuras y misterio que no llegan jamás a realizarse por completo, como si Jonathan Allen eligiera al azar fragmentos de un folletín de Dumas, Feval o Balzac, barajándolos sin piedad y repartiendo las cartas a su antojo, sin dar nunca por finalizada la partida. Neorromántica, posmodernista y decadente, “Sangre vieja” es un duelo de voluntades entre el autor-demiurgo y el lector-neófito, donde los personajes y las circunstancias que les rodean funcionan como un laberinto en el espacio y el tiempo que promete conducirnos a la iluminación… engañándonos a cada vuelta del camino. Pero engañándonos honestamente, a diferencia de tantas y tantas novelas fantásticas, vampíricas y seudo-esotéricas de moda, puesto que nos conduce hasta la encrucijada narrativa e iniciática, para dejarnos allí elegir nuestro sendero.
“Sangre vieja” no es, por tanto, una novela al uso. No es un ejercicio escapista complaciente, ni una lección social o moral. Es una indagación en lo posible de lo imposible y lo imposible de la existencia. Un relato de aventuras exentas, vaciado de estructuras clásicas al tiempo que inmerso en la Tradición. Como especulación sobre el sueño inmortal de la Inmortalidad –valga la redundancia-, ofrece una variación esotérica, más próxima, en realidad, al rosacruz “Zanoni” de Bulwer Lytton e incluso al “Judío errante” de Sue o el gótico “Melmoth” de Maturin, que al vampiro de Stoker y sus almibarados descendientes de hoy, sin por ello renunciar a su raigambre romántica y decadente. Su estructura formal se asemeja antes a un tema con variaciones que a una sinfonía, apelando al humor de una fantasía coral más que al orden y concierto de una serie de movimientos metódicamente organizados. Jonathan Allen pulsa las palabras como teclas de un clavecín bien temperado, pero que interpreta una extraña mezcla entre la música serial de un Philip Glass, la sobriedad juguetona de un Satie y la brillantez encantadora del Barroco. Pinta un lienzo que se extiende por los siglos, con el cuidadoso trazo del dibujante renacentista o el detallismo encantador del pintor prerrafaelista, pero rompiendo la superficie –el continuum narrativo- con el énfasis deconstructivo del futurismo o el cubismo. Lo moderno, posmoderno e hipermoderno incluso, irrumpen, así, en el seno de lo clásico, barroco y decadente, en un melancólico viaje por el Tiempo que nos lleva desde la caverna platónica de nuestros antepasados –el grotto de los jardines artificiales del Renacimiento y el Barroco- hasta la aldea global –más aldea que global, como dice un buen amigo- del futuro inmediato. Pero en lugar de hacerlo impartiendo lecciones, utilizando los esquemas manidos y sobados en que tantas veces cae la novelística actual –especialmente la fantástica, pero no solo ella-, nos propone un juego de sentidos múltiples y ocultos. Un dédalo narrativo plural y desconcertante, que, sin embargo, permite intuir a veces algún orden oculto. Un hilo secreto, tejido a lo largo de los siglos por iniciados y maestros de una ciencia sagrada caída en el olvido, pero que, si quedara finalmente expuesto, dejaría de ser, precisamente, Oculto.
“Sangre vieja” es una nueva forma de presentar un antiguo sueño, que a menudo deviene pesadilla: el de la inmortalidad. Pero cuando pasamos su última página, nos encontramos con la sorpresa de que, de algún modo, no hemos despertado aún, sino que seguimos prisioneros de sus palabras, mistéricos ensalmos que si no nos conceden la vida eterna, al menos suspenden la muerte durante el mágico tiempo fuera del tiempo de su deliciosa lectura. Esa, y no otra, es la única inmortalidad que al menos yo conozco.
Jesús Palacios

Jonathan Allen nace en Las Palmas de Gran Canaria el 29 de abril de 1963. Se gradúa en Filología Francesa y Española en Cambridge (St. Catherine’s Collage, 1985) y hace el posgrado en Queen Mary College, Universidad de Londres. En 1991 es editor inglés de Atlántica Revista de las Artes (CAAM). Entre 1992 y 1995 será Coordinador de Programación de la Filmoteca Canaria y a partir de 1995, profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Ha dirigido Moralia. Revista de Estudios Modernistas (Cabildo de Gran Canaria), la Colección de Viajes y Viajeros Históricos (Cabildo de Gran Canaria) y ha sido co-director de la Historia cultural del arte en Canarias (Gobierno de Canarias). Ha colaborado con d La Provincia desde 1990 y con el Canarias 7 (1998-2008). Entre 2004-2008 publica la trilogía Arturo Rey de Erbania (Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2005-2008). En 2009, El sueño de Praga, (IDEA, Tenerife), posteriormente traducida al checo (Prázská Noc, Knizni Klub, 2011). Se imprime en 2010 Napoleón en Santa Helena & otros cuentos, (Madrid, Huerga y Fierro Editores) y en 2011, Venecia & otros cuentos de amor y alcohol (IDEA, Tenerife). En 2012 participa en la colección Narrativa G21 con la novela Julia y la guillotina (2013) cuya versión francesa edita L’Harmattan, (Julie et la guillotine, París, 2014); de octubre de ese año data El último mecenas & otros cuentos de creadores canarios (IDEA, Tenerife), su tercer libro de cuentos. En junio de 2015 publica De diablos y santorales. Cuentos con Luis Arencibia, iniciando así una nueva etapa literaria con Mercurio Editorial, quien ahora edita su actual y sexta novela, Sangre vieja.


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