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El edificio de los espejos

El edificio de los espejos

Gonzalo Ortega.Cuentos. 1 Edición. 2014. cartoné. 15x21 cm. 140 p. ISBN: 978-84-942584-8-0

El puro placer de la gimnasia del idioma constituye por sí solo una poderosa razón para adentrarse en los cuentos incluidos en El edificio de los espejos. Hay en ellos una extendida y primorosa vega donde el léxico y la sintaxis fecundan de continuo el castellano, sacándolo de la prosa plana con que se resuelven otras narraciones, sin duda válidas en esta diversidad de cánones con que se siembra el panorama literario actual, pero tal vez algo pálidas en su contribución a la estética de la lengua. Gonzalo Ortega ha preferido airear el léxico que podría parecer dormido en los arcones de la erudición e insuflarle una vitalidad admirable, colocándolo con acierto en una prosa que se deja querer por original. Porque lejos de atascar, el desconocimiento del vocablo estimula e ilumina la liviandad de la escritura.
Sostenemos que esa riqueza verbal de la que hace gala el autor en estos cuentos le otorga una musculatura especial a la voz narrativa, que mantiene un tono reconocible en cada uno de los relatos. El narrador de estos cuentos (el mismo en la mayoría, un narrador omnisciente) muestra una voluntad de contador de aldea que va sacando historias de un morral, envueltas en una velada ironía y un agradable sabor a terruño, para cuyo dibujo se pertrecha de un repertorio lingüístico inhabitual y, en ocasiones, atrevido. Debajo, por ejemplo, de una adjetivación curiosa e innovadora (ejercicio montañero y fragoso, ñapa imperiosa, empañadores gazapos, benevolencia aduanera, picaflor irredento) fluye el aire socarrón de un juglar que atempera la desgracia de los personajes o acentúa la picardía de sus acciones, según los casos, al tiempo que excita al lector comprometido en sacar el máximo partido al texto que tiene en sus manos. La prosa de Gonzalo Ortega consigue estilizar incluso el registro coloquial con un lenguaje propio y sin estridencias, que se ajusta en todo momento al decoro poético exigido en toda narración.
El primero de los relatos, ¡Carajo con los quimbuelos!, es el ensayo inicial que realiza el autor para consolidar esa vigorosa voz narrativa. Y es que el cuento en sí es una excusa para una especie de aventura lingüística en la que se mezclan la intriga y la erudición de batalla. ¿Puede un hallazgo léxico constituir la expectativa en torno a la cual se vertebra una historia?
Ya en el plano de la construcción de los relatos, hay un rasgo que se descubre en el modo de presentar a los personajes y en las atmósferas donde transcurren los hechos que protagonizan, y que tal vez constituya no solo una manifestación de la poética del autor, sino también un modo de trasladarnos su mirada ante la vida. Nos referimos al desenfado, a la gracia, al drama aliviado. En las historias que se cuentan en El edificio de los espejos hay desgracias y sinsabores, pero no se hacen oír mediante el grito o el desgarro. Ya sea un individuo huraño y rijoso, o un inesperado traficante de drogas, los seres que circulan por estos cuentos desfilan movidos por la discreción y la morosidad. En general, los personajes no se rompen, se acomodan; tampoco se resignan, más bien se reajustan para digerir el destino que se les tuerce; y, sobre todo, pugnan por sobreponerse en estos escenarios vitales exhibiendo una ternura que agradece un lector abrumado de ruinas humanas. La frescura mostrada en El cupón, o en El perro de la suerte, o en Así nace una frase hecha, es una buena prueba de esta idea que mantenemos; pero también los últimos relatos (El Cielito lindo, El edificio de los espejos), en los que aparecen individuos marcados por una sordidez contenida, destilan una inconfundible amabilidad. Da la impresión de que el autor no quiere en ningún momento abandonar a su suerte a sus personajes, y los mantiene vinculados a su regazo creativo con hilos de afecto de distinta índole. Con La mucama guaraní y con No hallo consuelo para esta pena mía sucede que sus protagonistas están agarrados a la vida aun después de muertos, y que la melancolía que los impregna es un guiño de agradecimiento más que un brote de dolor.
En el cuento Un muchacho ejemplar hay una intención moral insoslayable. Fuera del didactismo extemporáneo, Gonzalo Ortega consigue hacer ficción contra el determinismo social, narrando las peripecias de un personaje fácilmente identificable en la actualidad, cuyo comportamiento alumbra un modo de evolucionar factible y esperanzador. Frente a la fatalidad del darwinismo, la posibilidad de combatir el estigma.
Por fin, El edificio de los espejos, cuento que da título al libro, se construye con ese rasgo inmortalizado por Hemingway, consistente en otorgar mayor jerarquía a la historia omitida que a la que aparece en la superficie. El verdadero estremecimiento de este relato no se produce hasta que no se lee la última línea, en la que se insinúa el verdadero quid de la narración.
Así pues, variedad de historias, personajes bien dibujados y escritura elegante, lo mejor que se le puede pedir a un libro de relatos. Gonzalo Ortega nos brinda esta oportunidad de paladear buena literatura, hecha con los mimbres del hombre vital y del artesano del idioma.


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